El águila y el halcón (1933)

Una reseña de Ricardo Campos Urbaneja.

Con El águila y el halcón (1933) disfrutaremos de una de las mejores películas bélicas de los años treinta. Este film dirigido por Stuart Walker se podría decir que es su mejor aportación a la historia del cine, dado que como director solamente se dedico a dirigir durante la década de los años treinta y producir en ese mismo corto periodo de tiempo, con ciertos títulos olvidados. En esta ocasión contó con Mitchell Leisen de Codirector (Que fue director, productor y diseñador de vestuarios. La película por la que más se le recuerda es por la adaptación que hizo de la obra de Alberto Casella La muerte de vacaciones (1934), entre otras memorables como Una chica afortunada, Medianoche, Si no amaneciera, Adelante, mi amor, Recuerdo de una noche y Ella y su secretario).

En esta ocasión cuenta con dos grandes actores en los papeles principales, con Fredric March (Ganador de dos premios Óscar, por sus interpretaciones en Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1932) y por Los mejores años de nuestra vida (1946) y designado en otras tres ocasiones por The Royal Family of Broadway, Ha nacido una estrella y La muerte de un viajante. Aunque también trabajo en Tuya para siempre y en Ana Karenina  con la divina Garbo, entre otras muchas) y con Cary Grant.

Nos hallamos en plena primera guerra mundial, cuando el Teniente Young (Fredric March) es enviado al frente, dado que el Mayor Dunham (Sir Guy Standing) ve en él todo un ejemplo para los más jóvenes. Pero el hecho de perder en combate a una docena de observadores le afecta muy negativamente el estado anímico, aunque realice varias misiones victoriosas junto a Henry Crocker (Cary Grant), aunque ambos sientan una mutua antipatía. Cuando el Mayor Dunham se da cuenta de que Young esta a punto de perder su equilibrio emocional, le da un permiso de diez días. En ese descanso de los cielos y la contienda, conocerá a una chica joven y bonita, papel que interpreta Carole Lombard (Que fuera esposa de William Powell y Clark Gable. Que trabajo en algo más de cuarenta películas, pero que falleció en un trágico accidente de aviación en el que viajaba para apoyar a las tropas durante la segunda guerra mundial en 1942, a los treinta y tres años. Se especializo en comedias, como demostró en su última película Ser o no ser). Al volver al frente, Young se entera de que un observador ha resultado muerto por culpa de las inútiles escaramuzas realizadas por Crocker para obtener más honores. En una cena para festejar que ha conseguido derribar al mejor piloto enemigo, Young se emborracha y hace una denuncia contra la guerra, pero en dicho estado de embriaguez y con la depresión acumulada al verse un símbolo para los jóvenes reclutas decide suicidarse. Pero su compañero Crocker disimula su muerte deshonrosa y antes del amanecer se lleva su cadáver, y simula que fallece en una misión. Por lo que es enterrado con todos los honores de un héroe.

En El águila y el halcón, John Monk escritor y creador del relato en el que se basa la película, nos brinda un retrato vivaz e impresionante del efecto que puede provocar la guerra en un héroe americano. Afortunadamente carece  de las estereotipadas ideas que debilitan  tantas historias de este tipo. El drama se explica con un admirable sentido del realismo, y Fredric March realiza una interpretación efectiva y magnífica. La dirección de Stuart Walker muestra mucho oficio, aprovechando los limitados medios con los que contaba en aquel momento la Paramount. No enfatiza demasiado ni alarga más de la cuenta ningún pasaje, consiguiendo una película fácil de ver y entretenida. Aparte de resaltar el buen trabajo tanto de Fredric March como de Jack Oakie en el papel de Mike Richards, debemos hacer mención a las interpretaciones de Cary Grant (que hace una interpretación ajena a los papeles que le dieron tanta fama y reconocimiento. Donde es capaz de matar a un paracaidista indefenso con la metralleta o de incluso acribillar su propio avión y a su compañero ya muerto, para hacer ver que ha fallecido en pleno combate con total frialdad, muy creíble y correcto) Sir Guy Standing y Miss Lombard, que estaba hermosa e inolvidable, aunque sólo fuera en unos pocos minutos.

Sin más que añadir, les recomiendo El águila y el halcón, pues durante algo más de sesenta minutos, pasarán un buen rato y disfrutaran de una de las mejores películas bélicas de aviación, de la década de los años treinta. En la que a pesar de no contar con las tecnologías que hoy en día se disponen, se aprecia en buen hacer que se tenía en aquellos tiempos para rodar las escenas de combate en pleno cielo.      

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