Yucatán (2018)

Por Rober Ortega

Llevo siguiendo la carrera de Daniel Monzón casi desde sus inicios. He visto todas sus películas, salvo Yucatán, que se me había escapado en cines y al fin tuve la opción de verla.

El director de la cinta cuenta en su currículum -donde ignoraré por dignidad su ópera prima (El corazón del guerrero)- con una comedia divertidísima (El robo más grande jamás contado), thriller con gotitas de ciencia ficción que engancha desde el primer minuto (La caja Kovak), un drama carcelario que estará por siempre en un buen peldaño de la historia del cine español (Celda 211) o una más que entretenida y delirante acción (El niño). Su filmografía baja de calidad con Yucatán, pero tampoco me voy a poner del todo pesimista con ella, puesto que, considero que cuenta con dos partes.

La primera parte, en la que nos va presentando todo el meollo de la cuestión, con sus protagonistas, un grupito de chorizos estafadores que van más allá de una simple estafa inicial de unos pocos miles de euros, y por otro lado una familia, con el padre, las hijas, y los insufribles maridos de éstas.

La acción va transcurriendo lenta en cuanto al guión, pero rápida con respecto a según pasan los sentimientos: el padre de familia se enamora de una mujer en 3 días, es capaz de dar una cantidad indecente de dinero al primer desconocido que conoce, la hija soltera se casa en menos de 24 horas de conocer a su amado, etc. Cosas que vienen contadas de una manera un tanto extraña en la que parece que tanto Monzón como su coguionista, Jorge Guerricaechevarría no debieron querer pensar más en una trama un poco más decente para esta primera parte con su respectivo desarrollo.

La segunda parte cambia la situación, siendo una película musical, con comedia y estafas, a ser una cinta más tierna, sentida, un drama con algún buen punto cómico, que básicamente nos regala Agustín Jiménez y Jorge Asín, porque los personajes encarnados por Luis Tosar y Rodrigo de la Serna acaban por ponernos histéricos por momentos (sobretodo el segundo). Me sobra el personaje de Stephanie Cayo, más propio de culebrón que de una comedia, y, el que más me ha entrañado y el único que ha logrado sacar mi lado sensible hasta cierto punto, ha sido el doblador de Woody Allen: Joan Pera.

Recomendada para pasar el rato, sin más. Daniel Monzón ha dado un bajón considerable en cuanto a la calidad de sus películas anteriores, y sólo espero y deseo que la siguiente sea algo admirable, como antaño.

 

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