Yuli es una obra de arte que narra la vida del bailarín internacional cubano Carlos Acosta. Es un viaje sobre su experiencia de vida en su Cuba natal y nos muestra su carrera desde sus inicios. Inicios muy duros porque, como él confiensa, no quería ser bailarín. Pero el empecinamiento de un padre estricto que creía en el talento de su hijo, hace que Carlos Acosta llegue, al final, a donde ha llegado.

La soledad del bailarín, el esfuerzo infinito que exige el noble arte del ballet, las lesiones, el dolor físico y mental, la lucha diaria con el cuerpo, la disciplina, las repeticiones de ejercicios… todo esto es el mundo del ballet y está muy bien contado y expresado.

Los actores y actrices, el propio Carlos Acosta, hace de él mismo, hacen un muy buen trabajo actoral, nada sobre actuado y muy bien dirigidos. Las tres etapas de la vida del artista que se cuentan, infancia, juventud y la actualidad, están muy bien desarrolladas, destacando las coreografías de la catalana María Rovira en las que se plasma a la perfección, a través de la danza, los momentos que más marcaron el pasado de Carlos Acosta. El también bailarín Kevin Martínez, que encarna la juventud del artista, posee una fuerza y una gran técnica en el difícil arte del ballet. La banda sonora, de Alberto Iglesias, acompaña a la perfección creando los ambientes necesarios y llevando las coreografías a un punto de originalidad magnífico.

El guionista, Paul Laverty, roza la perfección en esta película ya que la historia se desarrolla con absoluta verdad, sin sentimentalismos, con la crudeza de la realidad y describiendo las visicitudes y luchas para salir adelante en una Cuba en la que ser cubano siempre ha sido  complicado.

Iciar Bollaín despierta en el espectador  emociones y  sensaciones, haciendo que las casi dos horas que dura la cinta, se te hagan cortas.  Una fotografía impresionante, otro gran trabajo de Alex Catalán, unos planos muy bien cuidados, unos tiempos y ritmos sublimes y una historia magnífica, hacen de esta cinta una auténtica maravilla.

En definitiva, Yuli, de Iciar Bollaín, es pura poesía visual y una auténtico homenaje a la superación de Carlos Acosta en el más difícil arte de todas las disciplinas artísticas, el ballet.  Altamente recomendable y mi valoración es un nueve sobre diez.

 

RESEÑA

 

 

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